Arquíloco y Aquiles olvidados

"No se puede la vida del hombre recuperar, ni comprar, una vez pasa la barrera de los dientes"(Aquiles, Ilíada 9,408)
El escudo que arrojé de mal grado en un arbusto,
soberbia pieza, ahora lo blande un tracio;
pero salvé la vida. ¿Qué me importa el escudo?
Otro tan bueno puedo comprarme.
(Arquíloco,traducción Ricardo Sánchez Ortiz)

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jueves, 22 de noviembre de 2007

Segunda rotura


la metáfora del cine

La metáfora del cine ha consistido en repasar la historia del arte antiguo (cine años 10 a 30), e iniciar las cuatro fases o épocas por las que la historia de la humanidad ha pasado como mundo verdadero: El “mundo verdadero”, en sus formas, acabó convirtiéndose en fábula en cuatro fases: la primera es fase arcaica, mundo verdadero asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, él mismo es ese mundo, la vida sirve al pensamiento y al conocimiento; la segunda es fase clásica, mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso, donde el progreso de la idea se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible; la tercera es fase moderna, donde el mundo verdadero es inasequible, indemostrable, imprometible, pero, ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo, el viejo sol visto desde la niebla y el escepticismo; la cuarta es fase bajo –moderna, donde el mundo verdadero es inalcanzado, desconocido, consolador, obligante positivista. Ahora nos encontramos en un “mundo verdadero”, una Idea que ya no(este ya no, de la propia Idea) sirve para nada, que ya ni siquiera obliga; es una Idea refutada. Ahora resumiré un escrito de James Douglas Morrison sobre el ojo.
Una metáfora jugada en la cámara a lo largo del siglo XX; la cámara, la visión, la vista del hombre que satisface el anhelo de omnisciencia: conocimiento de todas las cosas reales y posibles realmente; se trata de satisfacción del cine empleado como mecanismo metafórico que sustituye la catarsis como efecto y simple satisfacción. Ese deseo tiene que ver con espiar lo más hondo de lo humano; “peatones entran y salen de nuestro objetivo como raros insectos acuáticos”,( James Douglas Morrison, El ojo,1968 y otros escritos). Intensifica así los sentidos; “el rifle del francotirador es una prolongación de su ojo. Mata con injuriosa visión. La cámara como Dios; es como lo poderes del yoga: tanto en la mente propia como en a mente ajena, se da una especie de unión universal de mentes, imagen de lo inaccesible: lo que cambie el curso natural el curso mental; así, lo inaccesible se hace propio y ajeno, y la conciencia del espectador, su mismo horizonte, se despedaza; y queda en el aire, para después su juicio reflexivo se vea obligado a recomponer.
La cámara se parece más al ojo que cualquier otro sentido humano, esa boca hambrienta que se alimenta del mundo; arquitecto de mundos-imágenes en competencia con lo real inaparente. ¿Porqué el ojo? Sin el tacto nos convertiríamos en trozos de madera. “Ver” siempre implica la posibilidad de un perjuicio a la intimidad, pues mientras los ojos nos revelen el vasto mundo exterior, nuestros propios espacios infinitos internos se abren a otros. Así describe Morrison lo que significa ver; lo cual quiere decir que después nuestros espacios internos serán vistos por nuestras impresiones: “Las impresiones me ven” en un proceso de identificación invertido que provoca que nuestros propios espacios infinitos internos se abran a otros. El precio de la experiencia estética.
El destino de os ojos en el sueño, se mueven constantemente, como los espectadores en un teatro. En estado anormales: drogas, locura, embriaguez, agotamiento, hipnosis, vértigo, el ojo pretende encontrar su océano, cuando la idea de océano está caduca. La imagen está grabada en la punta de los dedos, no se puede acariciar. El ojo ha usurpado autoridad a los otros sentidos, reduciendo el tacto a leves colisiones de la carne. Los ciegos copulan ojos en su piel. Es como si tuvieran en cada membrana o intersticio táctil un ojo, miles de ojos en la piel. ¿Creamos luz en el ojo? ¿Es nuestra la luz o del mundo? Parece que la luz es el mundo, es mundo. Por eso los egipcios creen que la luz la daba Osiris, uno ojo que da la luz, pero no es un dios.
La “ceguera” elevó a Saul de Tarso hasta San Pablo; ¿porqué es santa la ceguera? La alquimia ofrece al hombre un heroísmo original; Mani enseñaba que el hombre había sido creado como un ayudante por el mensajero del dios supremo de la luz, para contribuir con su vida y esfuerzos a la reunión de los átomos de luz dispersos, y por ello débiles, y conducirlos a las alturas. Ya que la luz ha brillado en la oscuridad y se ha malgastado, y corre el peligro de ser totalmente absorbida. El hombre ayudante del mensajero desacreditaba lo oscuro, el cuerpo, la luz misma del mundo, donde se malgasta y queda absorbida. Ambas cegueras, la de Mani y la de Saul, quedan así justificadas, como lo queda la historia entera del cine que, se presenta así como la salvación de la luz. Aunque es sólo una visión guiada que cualquiera puede cambiar o romper. Las misma películas se pueden ver entre paréntesis.
Tiresias, del que se dice que durante siete años se hizo pasar por mujer, encontró a Atenea en el bosque bañándose. Ella cegó los ojos intrusos.
En la penumbra la forma es sacrificada por la luz. A plena luz, la luz es sacrificada por la forma.
El ojo es una criatura del fuego.
Endiku era un hombre salvaje, un animal entre los animales. Un día en un charca una mujer le expuso su desnudez, y él reaccionó. Ese día se fue con ella para seguir las artes de la civilización.
“Arranca el ojo de un animal en la oscuridad y colócalo frente a un objeto, claro y brillante, una ventana en el cielo. El contorno de esta imagen se graba en la retina, visible al ojo desnudo. Este ojo separado es la primitiva cámara fotográfica, la púrpura visual de la retina actúa como una emulsión.”