Arquíloco y Aquiles olvidados

"No se puede la vida del hombre recuperar, ni comprar, una vez pasa la barrera de los dientes"(Aquiles, Ilíada 9,408)
El escudo que arrojé de mal grado en un arbusto,
soberbia pieza, ahora lo blande un tracio;
pero salvé la vida. ¿Qué me importa el escudo?
Otro tan bueno puedo comprarme.
(Arquíloco,traducción Ricardo Sánchez Ortiz)

ARQUERO

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martes, 25 de diciembre de 2007

Introducción a las roturas: Heráclito


Introducción

Heráclito como excusa.
La línea de interpretación que demos a los fragmentos de Heráclito debe pasar por todos lo puntos o fragmentos, por eso, cualquier interpretación aislada, a posteriori, de un fragmento, puede dar a esa interpretación un sentido distinto. Es claro que Heráclito, sin dejar de ver sus conexiones milesias, debe ser referido a coordenadas distintas de las de la Escuela Milesia, pues con respecto a aquella. Se encuentra ya ante un material de “Ideas representables” con problemas internos propios y desprendidas ya relativamente de las cuestiones categoriales (geometría, meteorología, astronomía); algunas de esas cuestiones ni siquiera las retoma o supera. Hay un lado también religioso en Heráclito que queda sin resolver en cuanto a su explicitad filosófica; es la influencia órfica e incluso en tanto discípulo de Jenófanes. Hay una “reflexión formal” sobre los atributos ontológicos de Zeus y de su relación con el mundo, y no sólo las relaciones empíricas entre Zeus y el culto profesional que le deben los sacerdotes; por eso hay un nivel ontológico y explícito en Heráclito.
No han sido precisamente los filósofos profesionales de la(s) época (s) los que han mostrado esa relación; tendemos más bien a pensar que fueron los sacerdotes profesionales los que lo intentan relacionar, como medio para ahuyentar la razón de la filosofía (hacia la teosofía), con la institución de la religión; la conexión con el orfismo lo debemos en parte a san Hipólito (s.III) en el libro IX de su Refutación de todas las herejías, donde se expresa que todas las herejías cristianas no eran otra cosa sino la resurrección de sistemas de pensamiento pagano. En ese libro habla de la herejía de Noeto, el “patripasianismo” (como el padre y el hijo son idénticos, el padre sufre y muere en la persona de su hijo). Desde la perspectiva de una estética del arte religioso antiguo, (la de san Hipólito, por cierto, o la de san Ignacio de Antioquía), perspectiva pagana, puesto que los rituales paganos no eran más que “simulaciones ante el dios”, aunque de hecho se practicaran auténticos asesinatos, esa “identidad” o “mismidad” del padre y del hijo, queda en entredicho, sólo se pudo dar una vez; el hijo, en la ontoteología cristiana de la época, no es más que un actor loco y aunque del hecho de que un padre posea las propiedades que él posee, pueda explicar que el hijo posee las propiedades que él posee, y aunque los dos puedan incluso parecerse, por eso los cristianos los confunden, eso no quiere decir que el hijo sea una imitación del padre. Por eso dicen que el padre es distinto al hijo, y sostienen, docetistas y gnósticos valentianianos, la tesis de la apariencia del cuerpo de cristo, y por tanto la apariencia de su nacimiento y su muerte. San Hipólito piensa que esta herejía es una reedición de la filosofía de Heráclito; y parece que Gustavo Bueno también, en sus Ensayos materialistas: “Es importante subrayar, en este contexto, la significación materialista del cristianismo, en su polémica contra el formalismo metafísico neoplatónico, en cuya línea se desenvolvió, p. ej., la herejía docetista. El dogma central del cristianismo, el dogma del Verbo Encamado, supone una elevación del "estatuto ontológico" del cuerpo, que deja de ser casi la nada (apariencia, principio del mal, etc.), para convertirse en una realidad positiva divinizada. El cristianismo, ya desde su comienzo, junta las dos tradiciones hasta entonces irreconciliables sobre la materia: la tradición espiritualista (cristianismo de trascendencia) y la tradición materialista (cristianismo de "inmanencia"), y aun las funde en el dogma de la resurrección de la carne, por virtud del cual el materialismo se hace trascendente. Lo que no se puede olvidar es que, en toda la Historia, al lado del cristianismo "docetista", que desprecia ascéticamente a la materia corpórea, se desenvuelve el cristianismo educador de la conciencia materialista, que predica el respeto al mundo corpóreo, como obra de Dios, y excomulga a quienes, por desprecio, se abstienen de boda, carne o vino (Canon 50 de los llamados "Cánones de los Apóstoles").” Lo que ya no dice Gustavo Bueno es porqué se recurre a la estética filosófica para justificar la trascendencia de la carne; boda, carne y vino es un ritual aparente escénico muy antiguo.
El único mito griego en donde un padre y un hijo divinos, que son lo mismo y son distintos, han sufrido pasión y muerte y resurrección –palingenesia, es el mito órfico de Disoniso-Zagreus, que es el hijo de Zeus y que, asesinado y descuartizado por los titanes, cuando de niño jugaba con un espejo, y fue resucitado por su padre. Pues bien, a este mito alude Heráclito, y lo trastoca de forma filosófica en el fr. 52: “El tiempo (Eón) es un niño que juega a los dados y de él es la realeza”. Y en el fragmento 53 dice: “los cadáveres deben arrojarse más que el estiércol”; la incineración de cadáveres era un rito órfico de purificación en orden a la palingenesia. Este es el sentido de la tesis de los contrarios. Es la reformulación del orfismo en términos ontológicos; transforma o transpone los dogmas, ritos y mitos órficos, pero no fabrica misterios, fr.14.
Hay dos momentos esenciales sen su ontología (más que nada por su aparente desconexión): 1/la concepción de la unidad de los contrarios. 2/ La concepción del devenir absoluto. La peculiaridad de su ontología es establecer esa conexión.-

lunes, 17 de diciembre de 2007

Tercera Rotura: Nietzsche y la gran ruptura II


· Nietzsche lleva a cabo una rotura con la moral unidireccional situando el plano en unas coordenadas bien diferenes a la tradicional escala piramidal; no se considera por encima los esclavos, entendiendo que todos nosotros somos esclavos; reducirlo de esa manera es arriesgado; hay que matizar un poco. Los esclavos según opinión común son los que obedecen; es muy curioso lo que Nietzsche dice al respecto; en “de la superación de sí mismo” del Zaratustra, después de comparar al pueblo, a los que obedecen, según opinión común, con un río sobre el que va flotando una barca con las valoraciones que ha puesto en ella la especie que llama “sapientísimos” (la voluntad dominadora), y que el río es el que “tiene que” llevar la barca, dice que “en todo lugar en que encontré seres vivientes oí también hablar de obediencia”; todo ser viviente es un ser obediente, dice. La cuestión de obedecer, y de estar o no dentro de esos “esclavos”, se decide en el “obedecerse a sí mismo”; el que no sabe obedecerse a sí, es al que se le dan órdenes; con esto Nietzsche convierte al que manda y da órdenes a los demás en juez, vengador, y víctima de su propia ley, por eso el que manda ejerce obediencia incluso cuando manda, se arriesga a sí mismo al hacerlo; lo que se llama libertad de la voluntad, como si realmente pudiéramos actuar libremente(véase “mas allá del bien y del mal” aforismo 19), es el afecto de superioridad con respecto a quien tiene que obedecer; por eso si existe el espíritu libre, este es el que se obedece a sí mismo, y la superioridad, no es superioridad ante nadie (manipulación hitleriana-nazi de Nietzsche), sino ante uno mismo, y se utiliza en Nietzsche para destruir la moral; sólo el fuerte, el que sabe entrar en esa dialéctica de la voluntad puede acabar con los prejuicios, no el que ha aprendido a dar órdenes, creyendo que la volición basta para la acción. Es la procedencia de la acción lo que dejamos que decida sobre el valor de ésta, procedencia derivada de una intención; se acordó creer que el valor de una acción reside en el valor de su intención, cuando para Nietzsche el valor decisivo de una acción está en aquello que en ella es no-intencionado; y dice más adelante que si alguien no se siente igual o si se siente excluido, en verdad lo está, puesto que se excluye de obedecerse a sí mismo, renuncia ahí a su voluntad de poder, pero en cambio no renuncia a la voluntad de ser señor; su acto de obedecer, no deja de ser un acto de voluntad en donde hay un pensamiento que manda; además de sentir y pensar (sólo una máquina puede obedecer sin sentir), en la voluntad como he dicho se da el afecto de superioridad, porque si no, no podríamos imponernos a nosotros mismos reglas, o simples costumbres, como la de frotarse los ojos al levantarte. Y ese afecto, guía al que obedece a otro a adueñarse de lo que es más débil todavía, “a ese sólo placer no le gusta renunciar”. Nietzsche es ya un superhombre por pensar esto, pero lo puede ser cualquiera que se atreva a pensarlo-.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Tercera Rotura: Nietzsche y la gran ruptura


Expondré ahora una pequeña lectura de Nietzsche en la que rompe absolutamente con el concepto de "salvación", empleado en al arte griego como catarsis y mostrado por Nietzsche como fundamento de la metafísica romántica.

· Mi comentario se basa en una interpretación que hace Peter Bürger; Nietzsche apela al arte como salvación, pero interpretando a su vez a Wagner, en una época en que Nietzsche "parece" seguir al maestro; digo "parece", porque si estudiamos a fondo la biografía de Nietzche yo pensaría más bien en un cumplido de Nietzsche hacia Wagner, sabiendo el propio Nietzsche lo que hacía en ese momento; bien, pues el pensamiento central de primer capítulo de el nac. De la trag. es el de la salvación. Se necesita de ella porque la verdad y el horror coinciden y hacen la acción imposible; es el arte apolíneo el que “nos incita a sobrevivir como complemento y cumplimento de la existencia”, (cita de N.). La salvación es la liberación de la “voluntad”, entre comillas porque se refiere al concepto schopenhaueriano, otro manipulador de la personalidad de Nietzsche. Todo ello desarrollado en una “hipótesis metafísica”: “El ser verdadero y el uno originario en tanto que eterno sufrimiento y contradicción necesita para su perpetua salvación de la visión arrebatadora y de la apariencia feliz”; donde nuestra existencia empírica la genera el propio uno originario, y es la apariencia. Igualmente el arte dionisiaco tiene el signo de la salvación: “mediante un sentimiento místico de unidad”, y es COPIA del uno originario: “El yo del poeta lírico resuena desde el abismo del ser”; y nos liberamos ahora de nuestra voluntad individual convirtiéndonos en médium a través del cual el uno originario festeja su liberación en la apariencia. Por tanto no cabe huir más del mundo para recuperar el mundo y la apariencia; es una teoría de la apariencia estética absoluta, fanática; la separación de lo estético de su base experimental, el sufrimiento real, hace a Nietiezsche mirar a la esencia, y cuando nos quedamos “con la fascinante apariencia dionisíaca” sin esencia, ya nos ha manipulado el uno originario. De todo ello, se sigue la pureza de la experiencia estética, la salvadora del actual mundo corrompido, o la absolutización de la experiencia estética; pero la violación de las normas también es un suceso estético, como la alegría de Nerón ante la quema de Roma. Si nos quedamos en el contexto de orientaciones normativas, el arte se convierte en moral. La provocación de una norma es sólo eso, no es una apariencia absoluta.